La evolución sin control ha creado el mundo en el que vivimos, los habitantes del mismo y todos sus ecosistemas e interacciones. Por más que nos pese, y por contraintuitivo que nos parezca, algún crédito habremos de darle al “caos” que nos ha engendrado.
En ausencia de voluntad que organice, según sea, el criterio de este Universo, el mismo se modeló para ofrecer el producto que observamos, y ahora que estamos aquí, déjenos todo a nosotros que vamos a dirigir el devenir del planeta, de la vida y el mundo con todas sus consecuencias; si antes no había nadie ¿que puede salir mal ahora que tenemos operador al mando?
Es cierto, quizá no exista una voluntad universal, pero sí existen ciertos “criterios” en el Universo; hablemos de entropía, palabra que procede del griego y significa evolución o transformación.
La entropía siempre aumenta en el Universo ¿pero qué significa esto?
El Universo parece estar “inclinado” y la materia se precipita por la pendiente existente de manera tal que, a medida que “desciende”, aumenta el equilibrio energético.
Es bastante intuitivo imaginar una reacción, la que sea, y entender que al comienzo de la misma, cuando recién mezclamos los reactivos, existe un gran potencial donde habrá energía que busque ser liberada. Efectivamente esto es así, y a medida que transcurre el tiempo, todo elemento, molécula o partícula presente, frente a las nuevas circunstancias, se verán arrastradas a recombinarse hasta que ya todo se haya mezclado con todo para alcanzar un estado de equilibrio energético.
La energía se ha distribuido, de la concentración a la dispersión.
El Universo entero es en sí una gran reacción.
La materia parece verse forzada ineludiblemente hacia un mayor equilibrio energético y en este proceso de recombinación surgen nuevos elementos y compuestos más complejos y, a la vez, estables; es aquí donde entra en juego el segundo criterio, el Universo tiende a un estado más complejo de la materia.
En realidad no hay un orden de los criterios, veremos que este aumento en la complejidad del sistema se convertirá en un mecanismo de retroalimentación, donde a mayor complejidad, mayor equilibrio, y a mayor equilibrio, mayor complejidad. Pero, para entenderlo mejor, les invito a hacer un breve experimento.
Si tiramos un dado, cada una de las caras tendrá la misma probabilidad de salir que el resto de las mismas, pero si hacemos que el sistema sea un poco más complejo, vamos a empezar a observar una tendencia muy significativa.
Al tirar dos dados y sumar el valor de ambos, empezamos a ver que los resultados posibles no conservan la equidad estadística del primer experimento, así, obtener un dos es posible únicamente si ambos dados salen uno, por el contrario obtener un siete es posible a través de varias combinaciones numéricas (seis y uno, dos y cinco, cuatro y tres), de modo que es más probable obtener un siete porque hay más configuraciones del sistema que como resultado arrojan este valor.
A medida que lanzamos una y otra vez los dados, se comienza a dibujar una campana de Gauss que expresa bajo su curva la probabilidad de obtener los distintos resultados, y si el experimento se hace cada vez más complejo aumentando la cantidad de dados lanzados en simultáneo y sumados sus valores, el valor central de la campana de Gauss se destaca más y más del resto de posibles valores, hasta que a partir de una cierta cantidad de dados el resultado ya no cambia.
La realidad aleatoria demuestra una gran estabilidad cuando es resultado de una interacción compleja.
Si se hace necesario llevar este ejemplo a una realidad, imaginemos un recipiente hermético que contiene un gas adentro; es sabido que los gases tienen la propiedad de ocupar todo el espacio del recipiente que los contiene.
Para simplificar la idea imaginemos que el gas está compuesto por solo cuatro moléculas, las moléculas A, B, C y D; ¿es posible abrir el recipiente y encontrar todo el gas contenido a la derecha del mismo? ninguna ley física lo impide, la probabilidad de que esto ocurra se corresponde con las configuraciones que lo hacen posible, en este caso solo hay una, que todas las moléculas se encuentren en el lado derecho (en el ejemplo de los dados los cuatro dados habrían de salir uno).
Ahora pensemos en cuántas configuraciones hacen posible encontrar el gas distribuido en todo el recipiente; necesitaríamos dos moléculas a la izquierda y dos moléculas a la derecha, pero no me importa cuales sean siempre y cuando tenga dos a cada lado; las posibilidades son múltiples.
Por último imaginemos, en lugar de cuatro moléculas, dos millones ochocientos cuarenta y siete mil; ¿que probabilidades tengo de encontrarlas todas en el mismo lugar? frente a un número de moléculas de esta dimensión, el valor central de la campana de Gauss acapara la práctica totalidad de las probabilidades, y así es como siempre que se desee reproducir un experimento, frente a valores dados de volumen, temperatura, etc., el valor de la presión de un cierto gas, por decir algo, será siempre el mismo, se haga aquí o en Mozambique, no cambia.
En resumen, podemos decir que las cosas se dan como se dan, no porque no puedan darse de otra forma, sino porque para que así sea, existen muy pocos caminos en comparación con los caminos que llevan a la realidad que acontece. Las cosas se dan por ser la configuración más probable del sistema.
Es por esto que decimos que la entropía del sistema conduce a la materia, por la pendiente del tiempo, hacia un estado de mayor equilibrio energético, a través de un proceso por el cual los elementos se combinan y recombinan, porque dichas combinaciones constituyen la configuración más probable, hacia un estado más complejo de la materia.
En este contexto estamos preparados para entender el surgimiento de la vida, no como un milagro poco probable, sino todo lo contrario, como consecuencia de ser la configuración más probable del sistema, o como algo que es simplemente imparable.
Si consideramos la vida como un universo surgido dentro de otro universo y forjado según son los principios del primero, resultará más sencillo entender el criterio extendido de la entropía.
El ser vivo constituye una estructura de gran complejidad y equilibrio energético que busca conservarse a sí mismo y replicarse, y por lo tanto, conservar y replicar dicho equilibrio y dicha complejidad.
En la medida en que el ser vivo se replica más y más, hecho solo atribuible a la probabilidad de que esto así suceda, aumentan sus probabilidades de evolucionar, entendiendo de esta manera al azar, encargado de introducir variaciones genéticas en los individuos, no sólo como un hecho fortuito, sino como función de la entropía; a mayor cantidad de microestado del sistema (en este caso, individuos de una especie) mayor probabilidad de ser alcanzado por el azar.
De esta forma podemos decir que la causa de la evolución no es el azar, como apuntaría Charles Darwin, sino que lo es la entropía, que no es azarosa, sino que es estadística.
La evolución de la vida es un hecho fascinante, de gran precisión y holismo en el que diminutas variaciones adaptativas que proporcionan un equilibrio energético aún mayor para el individuo que las porta, llevan a los mismos a conformarse como entidades más complejas y a triunfar y reproducirse de forma tal de atraer para sí el próximo y azaroso golpe de suerte.
Cuando uno evalúa la adaptación del individuo, se puede ver inducido a pensar que lejos de dispersar la energía, el ser adaptado la concentra al disponer de nuevas y mejores cualidades, es decir, se conforma en una herramienta capaz de realizar un mayor trabajo, pero este hecho no es cierto desde la perspectiva del universo vivo, puertas para adentro del organismo la energía sí se disipa de forma que la responsabilidad de su supervivencia ahora recae sobre un organismo mejor conformado, con más o mejores elementos con los que hacer frente al desafío de la vida; por otro lado, y desde la perspectiva del Universo gestor, esta circunstancia es tan solo un hecho transitorio, ya que al adaptarse el individuo introduce consigo mismo una variación en el sistema que determinará la configuración más probable de la adaptación de cada uno de los seres que componen el resto del ecosistema, provocando que el ecosistema evolucione como un conjunto, de tal forma que, la adaptación de uno de sus miembros arrastre al resto hacia un estado más complejo de la materia y a una interdependencia cada vez más sutil, todo lo cual lleva a un mayor equilibrio energético del conjunto del sistema.
Hasta acá no había chofer, la naturaleza evolucionó sola, después llegamos nosotros ¿qué está sucediendo ahora que estamos “al mando”?
En realidad no estamos haciendo nada distinto de lo que el Universo propone, tampoco creo que pudiéramos aunque quisiéramos, lo destacable aquí es el hecho de que toda nuestra existencia como seres “conscientes”, es en su conjunto un periodo transitorio, uno que, a pesar del tormento vivido, de las sacudidas sufridas, y de la cantidad de trabajo realizado, definitivamente traerá equilibrio y paz ¿no me creen? acompañenme.
El conocimiento del bien y del mal, que como señala el génesis, es el comienzo de lo que entendemos por ser humano, bien podría identificarse con el deseo que nos impulsa constantemente a escapar del mal para acercarnos al bien, sea lo que para cada uno signifique este bien y este mal, pero que en definitiva consiste siempre en un intento, a veces errado y a veces no, por lograr un estado de mayor equilibrio energético interior.
Al realizar un trabajo en este sentido, el concepto de bien y de mal empieza a evolucionar hacia formas más complejas, de mayor integridad y holismo, debido a la experiencia con todas y cada una de nuestras excursiones hacia lo que en cada momento consideramos que puede ser bueno, y que de a poco va evolucionando para nosotros mismos.
Una vez más, la evolución, en este caso de la cultura o conjunto de conceptos que componen la misma, puede entenderse a través de este “criterio” universal que es la entropía; el hecho más probable es que cada uno de nosotros realicemos un trabajo hacia ciertos lugares que busquen transportarnos a un estado de menor potencial interior según sea un cierto criterio extendido. Muchos seres humanos, frente a circunstancias dadas, podrán actuar según a cada cual le parezca o según puedan, pero la realidad es que al final seguramente se alcancen resultados equivalentes o similares.
Existiendo un amplio rango de actitudes, algunas de las cuales se mantendrán marginales frente a un comportamiento recurrente de una mayoría bajo el valor central de la campana de Gauss, un comportamiento marginal sólo dejará de serlo cuando represente una adaptación para el individuo actuante y, de a poco, sea adoptado por el resto de la comunidad.
En este proceso, los conceptos que barajamos, se van transformando hasta comenzar a parecerse cada vez más a la realidad que representan, y esta complejidad que los mismos llevan consigo, comienza a levantarse como un límite a nuestra capacidad intelectual, aunque este conflicto con la capacidad de cómputo no es la única razón y, quizá, no sea la más importante.
Los seres vivos han alcanzado el grado de sutileza que hoy presentan porque, de alguna manera, y aunque el medio no puede considerarse rígido, sino que evoluciona con el tiempo, en términos prácticos puede considerarse como algo estable. Así, una adaptación se agrega a otra precedente que sigue vigente. El proceso ha sido algo así como mejorar de forma continua el organismo conocido, casi diría, que en la misma medida en que el medio cambia con el mismo grado de sutileza, nada de empezar de nuevo, sino evolucionar sobre lo construido siguiendo una suerte de sendero fractal en el que la evolución secuencial de los individuos que componen el ecosistema se van integrando unos con otros cada vez más.
Pero existe un hecho en el periodo transitorio de la evolución de la cultura humana, que ha logrado justo el escenario contrario, uno cambiante, donde las adaptaciones de hoy no sirven mañana, donde se construye sobre material obsoleto que va y que viene, donde se dictan normas que mañana no están, distorsionando la previsibilidad del escenario
El liberalismo percibe esto sin entender que la configuración más improbable del sistema es aquella, a través de la cual, todos o casi todos lo entendemos de la misma manera.
El intervencionismo es la naturaleza misma sumiendo a todos en una puja de poder por lograr, cada cual, su particular equilibrio energético en base a la sutileza del entendimiento humano de las circunstancias y sus efectos, que siendo limitado, se muestra siempre como una solución que, con el correr del plan, no termina de convencer a nadie, y que, como consecuencia, se revierte sobre otra propuesta con igual destino, por igual causa, induciendo al escenario a un pendular de uno a otro lado, lo que representa la antítesis del escenario donde las adaptaciones se acumularan positivamente.
La propuesta no puede ser otra que retomar la senda de la evolución propuesta por la naturaleza, sin olvidar que nosotros somos también naturaleza, entonces ¿cómo lograr un escenario estable respetando la naturaleza intervencionista del ser? se me ocurren algunas ideas.
En primer lugar, debo destacar un hecho que siempre llamó mucho mi atención; he visto el mundo desbordarse de humanos, crecer los pueblos y las ciudades, pero no las he visto nacer. Las jurisdicciones, para manejar un término más amplio, son en esencia las mismas de siempre, solo han pasado de diez mil habitantes a cuarenta mil, de doscientos mil a seiscientos mil, o de un millón a seis millones; pero el número total de jurisdicciones se conserva prácticamente estable, generando un marco en absoluto entrópico.
Estas jurisdicciones, en definitiva, terminan representando a una cantidad creciente de individuos, y llevándolos ¿hacia donde?
En algún punto, todo esto representa un sintetismo, pero existe algo más que arrastra la diversidad del individuo a un sintetismo desestabilizador, porque no olvidemos que la estabilidad es consecuencia de la interacción compleja de una realidad aleatoria y los sintetismos arrojan gran variabilidad de resultados, como el dado que, lanzado de a uno, lo mismo puede ofrecerte un tres que un seis con la misma probabilidad y no se acomoda nunca en torno a un valor representativo que revele “su naturaleza”, una que sólo aflora cuando se estudian las cosas en una cierta cantidad.
Este hecho es el de los trust políticos.
Idealmente, los pueblos, las comunidades que albergan sus calles, sus muros y su geografía natural, inmersos en su evolución, deberían dirimir la mejor manera de afrontar sus circunstancias para adaptarse mejor a las mismas. Este hecho común a todos, con sus diferentes soluciones, deberían arrojar todo tipo de posturas pero ajustándose a la campana de Gauss correspondiente a la entropía del sistema, a más comunidades mayor entropía; sin embargo, los actores que en los pueblos pujan por la gobernanza, casi siempre visten los mismos colores que aquellos que hacen lo propio a otros niveles, llámese provincial o nacional, y este hecho, en la práctica, y dado el sintetismo extremo que representa el estado nacional y la variabilidad que esto confiere a la realidad de tantos y tantos seres humanos, provoca que esta discusión tan apremiante por la escasa entropía que moviliza y el potencial desmedido que representa, olviden o pierdan de vista una discusión comunitaria que desde lo local solo piensa en lo estatal, una moneda que puede salir cara o puede salir cruz, sacudiendo el escenario de un lado al otro al tiempo que destruye la cultura que sobre el mismo se yergue.
Por esto mismo considero que la primera ley para la adaptación de la cultura debe ser la Ley antitrust de partidos políticos.
Ningún partido que se presente a competir en el ámbito municipal podrá hacerlo en cualquier otro nivel ya sea provincial o nacional y viceversa. Cada partido competirá en un nivel habiendo varios partidos por nivel compitiendo libremente entre ellos.
Estos partidos podrán compartir ideología con otros partidos de otro nivel pero serán dos organizaciones distintas con nombres y distintivos diferentes.
Sin esta ley que llamaremos ley primera, el partido de un signo político que goze de buena posición a nivel nacional, aglutinará el voto de este signo a nivel inferior, y cualquier otro competidor de signo parecido o igual, difícilmente obtendrá participación debido al miedo del ciudadano a perder la elección nacional con todo lo que ello significa.
El escenario superior, el más sintético y, por lo tanto el más desestabilizante de los escenarios para la evolución cultural, se replica siempre más abajo hasta el punto de vaciar de contenido todo potencial local de variabilidad que la cultura pueda después absorber para su adaptación.
Cuando se rompe este vínculo entre partidos de distinto nivel, cada escenario es completo en sí mismo, y en la competencia entre partidos de un mismo o distinto signo se dan las propuestas electorales.
Sin esta ley no hay propuestas más que el miedo de perderlo todo al más alto nivel.
Es mi más sincero anhelo que el vecinalismo sea norma en la cultura, y que cada pueblo o ciudad construya su propia visión y nos enriquezca con su particular interpretación de las circunstancias y sea esta su conquista sobre los demás, el mostrar una forma eficiente que otros pueden adoptar, pero esto solo va a ser así cuando el vecinalismo sea la configuración más probable del sistema.
El escenario determina quién está mejor adaptado, si la adaptación deseada es vecinalismo, se hace necesario modificar el escenario, en tanto no suceda podremos, difícilmente, echar a todos los políticos que se quiera, que los que emerjan serán, en esencia, lo mismo que los primeros.
Además, en un escenario en que partidos del mismo signo pueden competir entre sí con verdaderas posibilidades de sumar representantes ambos, genera parlamentos más ricos que requieren acuerdos más precisos y sutiles.
Pero sin olvidarme del hecho de las jurisdicciones diré que el sistema es muy mejorable si permitimos que las mismas se reproduzcan, aumentando la entropía del sistema con el consecuente equilibrio que esto conlleva; por esto mismo propongo la ley segunda o ley de jurisdicciones dinámicas.
Esta ley dice que frente a una cierta cantidad de firmas en pos de la creación de una nueva jurisdicción, se procede a un referéndum vinculante que aprobado por una cierta mayoría acepta la propuesta por no menos de un cierto periodo de existencia de la misma.
Lo que aquí se busca es, no solo aumentar la cantidad de microestados del sistema, aumentando la entropía del mismo, sino lograr una homogeneidad en su dimensionado, lo que redunde en la estabilidad del escenario.
Un sistema de gran entropía es un sistema energéticamente equilibrado, lo que en términos sociales equivaldría a un sistema en paz, y esto queda aún más claro cuando observamos que la estabilidad del sistema depende de una alta cantidad de puntos de vista en total libertad de ser, y nunca por medio del adoctrinamiento o del sometimiento.
En definitiva es hora de devolver el control al Universo para nuestro propio beneficio sin dejar de ser quien somos, así que solo tenemos que hacer una cosa, mantener alta la entropía y dejarnos llevar tal cual somos y la solución vendrá con nosotros.
Considero que el estado nacional debe limitarse a lo mínimo indispensable para garantizar la estabilidad que las diferentes comunidades necesitan para actuar libremente, por lo que tiene que contar con un marco regulatorio y las entidades capaces de hacer cumplir dicho marco y defenderlo, ya sean fuerzas de defensa, policía y tribunal de justicia, y nada más, ni siquiera legisladores. Quienes excepcionalmente habrán de legislar sobre este marco serán los diferentes fueros de las distintas provincias según sea el peso específico de su voto a nivel nacional, y el ejecutivo un grupo de diplomáticos.
Este peso específico no será lineal en base al número de habitantes que componen dicha jurisdicción, sino que existirá un coeficiente que penalice a las comunidades demasiado grandes o demasiado pequeñas ya que las mismas afectan el valor de la representatividad.
La ley de jurisdicciones dinámicas se espera afecten tanto a municipios como a provincias.
El intervencionismo es una herramienta fabulosa tanto para construir como para destruir, existe un ámbito donde el poder de la misma es muy positivo, por fuera de este ámbito la destrucción es su cualidad más destacable. Se trata de una herramienta muy potente y que, por lo tanto, necesita de un control, como ya apuntaba la idea de la república con la división de poderes para que los mismos se contrarresten; ahora se propone una solución más universal, pero que en esencia es lo mismo, se trata de una propuesta que pretende dar estabilidad al escenario para que el mismo sea fértil en soluciones adaptativas sea cual sea el modelo que rija en cada una de las jurisdicciones. Se busca la necesidad de un consenso menor, un contrato social y universal minimalista que sea posible encontrar entre las configuraciones más probables del sistema cultural que construye la humanidad.