La paradoja liberal

La paradoja liberal:

El liberalismo postula la necesidad de un escenario estable a partir del cual se deriven los diferentes desarrollos culturales, de tal manera que, en cada desarrollo, el nivel de precisión y holismo aumente, redundando en la estabilidad del sistema, tal cual fuera el desarrollo evolutivo de la vida y sus diferentes especies. La mínima intervención se convierte en símbolo de su expresión.

Sin embargo y paradójicamente, para alcanzar este escenario, esta tierra prometida, el liberalismo no tiene ningún reparo en intervenir; el liberalismo requiere de apoyos para poder avanzar, tiene que educar, contener al intervencionismo y eliminar lo que este impone, todas acciones que en definitiva modifican la realidad con un propósito.

Es curioso cómo se entiende el intervencionismo según sobre qué sea aplicado o según lo sea la causa por la que se aplica. La justificación es insuficiente, se trata de la intervención mínima necesaria para acceder al objetivo planteado, y una vez estando ahí, esto no será más necesario, como si el intervencionismo en sí no fuera parte de la naturaleza humana buscando expresarse una y otra vez por el tiempo que nos resta, sumiendo al liberalismo en un intervencionismo eterno, en una persecución donde el uno crea para que el otro destruya ahondado, en su accionar, en el pendular del escenario que intenta estabilizar.

Liberalismo, socialismo y sus esferas de acción:

El liberalismo habita en una esfera impropia de su naturaleza, en la esfera de la intervención, cuando podría y debería elevarse para alejarse del intervencionismo terrenal en el que se empeña en coexistir, y sumirse en un estado más próximo a la contemplación.

Es cierto, el liberalismo debe intervenir, y debe hacerlo a través de la mínima expresión, pero debe romper la paradoja en la que vive, y por la que no deja vivir, para realmente acceder a un estado de equilibrio capaz de sostenerse casi por sí mismo.

Para ello debe aceptar que el intervencionismo es parte de la realidad humana, propio de la naturaleza del ser, y no puede entenderse el liberalismo sin dejarlo ser.

Por lo tanto hay que reformular el escenario de manera tal que la estabilidad del mismo se de en la existencia un intervencionismo total, y el liberalismo debe ser capaz de defender esto mismo.

La manera de hacerlo es a través de “las dos leyes de la adaptación cultural”, que básicamente consiste en compartimentar la realidad administrativa de la sociedad para que cada una de las jurisdicciones actúe según sea su voluntad, de manera de, en base a la estadística, obtener un sistema donde todo es posible, pero que en la práctica se estabiliza sobre una forma recurrente del actuar o sentido común.

La esfera del liberalismo es más propia de la esfera filosófica y tan sólo se diferencia de la misma cuando, de manera ínfima, debe actuar sobre la realidad física y no solo intelectual, es decir, cuando debe hacer cumplir la ley.

Y todo aquel que se haga llamar liberal y se suma en la esfera del intervencionismo será esto mismo, un intervencionista, quizá no del mercado, quizá no de la ley, quizá no de las cosas pero si de la naturaleza del ser como lo puede ser un socialista también.

Lo que el liberalismo tiene que ver (y todavía no la ve) es que se puede estabilizar el sentido de intervención, se puede proponer un escenario donde el intervencionismo sea previsible y no solo esto, sino que evolucione hacia formas más holísticas de la realidad socio-cultural.