El fin de la política no es el de alcanzar la paz. No digo que la intención de la política no sea esta, o de que pueda ser una herramienta útil para alcanzarla, pero al margen de los actores que, circunstancialmente conformen la política y sus propuestas, la naturaleza misma de la política no es la de alcanzar la paz.
La política es hogar del debate ideológico, y es el escenario en el que los distintos puntos de vista confrontan, a veces con más, y a veces con menos virulencia. En la arena de la política se dirime el duelo por la gestión, donde a veces se necesita la paz y a veces se necesita la guerra. Es un lugar de idas y de vueltas. Si un rio te lleva al mar, la política no necesariamente te conducirá a la paz.
¿Qué es la paz sino un equilibrio energético? un equilibrio de fuerza y de poder, un equilibrio de deseos y de esfuerzos. El tren de la política no es el tren que nos conduzca necesariamente a la paz, el tren de la paz es el tren de la entropía. La política debe ser la herramienta a disposición de este fin; el gran problema radica en la creencia de pensar la política como cauce natural para alcanzar el bienestar y el progreso, y así la política se ponga a disposición de la política misma, es decir, del poder. Pero si entendemos que a la paz se accede por medio del aumento de la entropía, entonces podemos poner a la política al servicio de este fin, pasando la política de ser un elemento central a otro satelital.
Si se quiere el acceso a la paz es independiente de la política en la medida en que se alcance un determinado nivel de entropía a partir del cual, la configuración más probable del sistema, descarte a la política como elemento distorsionador de este estado que se pretende alcanzar.
Si bien el universo tiene esta inclinación natural hacia un estado de mayor equilibrio energético e indefectiblemente hacia allá vamos al margen de todo lo demás, este caminar puede ser muy doloroso e innecesariamente intenso. La entropía es como un tamiz por el que pasamos todos y a través del cual nos subdividimos, para una mayor integración de nosotros y el medio, que nos devuelva una definición más exacta y estable de nosotros mismos y de las cosas, y la política debería ser una especie de embolo extrusor que nos arroje a dicho tamiz.