Si tiramos un dado, existen las mismas probabilidades de obtener cualquiera de sus caras, peso si tiramos dos dados la cosa cambia; si bien la probabilidad de obtener un resultado para cada dado sigue siendo la misma, cuando analizamos el conjunto de los dados observamos que para cada valor obtenido de la suma de ambos, tenemos una probabilidad distinta. Así, para obtener el resultado «dos» existe solo una posibilidad, que ambos dados salgan «uno», mientras que el valor «siete» puede lograrse combinando, seis y uno, cinco y dos o tres y cuatro. Comienza a dibujarse una campana de Gauss que irá definiendo el valor central tanto más cuanto más dados sumemos a la ecuación. A partir de un cierto número de dados el resultado que obtengamos ya no cambia.
El estado podría ser una especie de dado cuyas caras bien puedan ser liberal, socialista, teocrático… y todas las formas posibles de gobierno que se nos ocurran, pero si dicho estado se divide en múltiples microestados, pudiendo cada uno de ellos abrazar cualquier formato en absoluta libertad, el macroestado devendrá en una respuesta tanto más estable cuanto mayor sea el numero de microestados o estados definidos.
Si el objetivo es la paz, no importa cual sea el formato de gobierno, lo que importa es que el resultado nos proporcione la paz deseada, y no se me ocurre otra forma de entender la paz sino como una convergencia, como un estado de mayor equilibrio energético, que es en definitiva el destino de la entropía.
La entropía nos propone un viaje en el que, al aumentar la misma, desbloqueamos una pendiente por la que se precipita todo, se trata de una revolución en la que el poder le es despojado al hombre para dárselo a la naturaleza en su expresión más amplia, para que la misma nos guíe, no en el azar, sino en el aumento de la probabilidad de un sistema de mayor equilibrio energético.