El control es un acto de fe

La Cultura proto-orgánica habla de la necesidad de alejarse del control activo de las soluciones, de pensar las mismas con la proyección que subyace a cualquier organismo viviente; se hace necesario delegar, pero no de cualquier forma y no a cualquier precio; como la inteligencia artificial, las circunstancias también toman sus propias decisiones, modelándonos y modelándose a si misma, modelándolo todo, siendo la IA un subconjunto de las mismas; pero existe un abismo entre ambas, y, por muy sofisticada que la IA pueda volverse, ésta sólo se perfeccionará en la medida en que se asemeje a la realidad y al conjunto de circunstancias que la conforman; entonces, la IA nos acompañará y se perfeccionará, pero el objetivo final será siempre el mismo, arrojarnos en los brazos de la realidad misma, directamente y sin intermediación de nada ni de nadie, entonces desarrollemos la IA, pero desarrollemos también la inteligencia de las circunstancias, la inteligencia de la empírica, como lo es también la de la IA, pero basada en la realidad y no en la representación de la misma.

La inteligencia del control pasivo, la que nos permita superar el estado de saturación de la cultura, sea de la naturaleza que sea, artificial o circunstancial, no deja de ser para nosotros un salto de fe, pero incluso la fe no tiene porqué ser un juego de azar, sino que puede sumergirnos en el control más sutil y elevado al que podamos aspirar.