Desde el momento en que aceptamos la existencia y el beneficio de la neuro-arquitectura, estamos aceptando también la existencia y el beneficio del neuro-urbanismo; por supuesto este es un camino de ida hacia el neuro-regionalismo, pero no nos adelantemos, vallamos paso a paso para entender bien la realidad de la que estamos hablando.
La neuro-arquitectura postula que el entorno induce al individuo a tomar una cierta postura neurálgica (estados de alerta, relajación, incertidumbre, seguridad, etc.) que será independiente del individuo; se trata de un efecto del medio sobre el organismo. A su vez, esta postura influirá en la toma de las sucesivas decisiones que el individuo tome en dicho entorno, de tal manera que, controlando el medio, podemos influir en el estado neuronal del individuo, liberándolo así de ciertos efectos negativos que dificultan la toma de muchas de nuestras decisiones.
El hecho sobresaliente aquí no está en darnos cuenta de la importancia de encontrar un entorno favorable para lograr un mejor desempeño, o de que lo que nos gobierna es la geopolítica, nada de esto es nuevo en realidad, «yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo» aseguraba Ortega y Gasset hace más de un siglo, «mente sana en cuerpo sano» nos decía Leonardo Da Vinci por allá por el renacimiento y que vendría a significar lo mismo en un estado más íntimo del organismo; por no hablar de los jardines zen desarrollados en china desde el año mil doscientos por monjes que, como efecto de la contemplación, buscaban ciertos estados mentales propicios para la meditación. La música, la pintura, el arte en general se desarrollan, en gran parte, para generar estos estados en el individuo.
Absolutamente todo nos influencia y contribuye a generar un cierto estado a partir del cual vivimos nuestra experiencia personal y colectiva; lo mismo el edificio, que una vez erigido, pasa a tener un efecto sobre nuestra salud con independencia del grado de percepción que el individuo tenga sobre la acción de los diferentes agentes; lo que significa que el beneficio que la neuro-arquitectura plantea es independiente de la capacitación del individuo genérico para comprender dichos estados neuronales.
De la misma forma en que la arquitectura influencia sobre el individuo y la sociedad, lo hace también el urbanismo; no es lo mismo una ciudad industrial a una cuyo función principal sea la de vacacionar; de igual modo influirá sobre el estado del individuo el mayor o menor espacio recreativo disponible, la variedad de servicios que se ofrezcan o la rentabilidad y, por lo tanto, el precio de los mismos; la estética de sus edificios, las distancias que se hacen necesario recorrer y el modo de hacerlo o la disponibilidad de trabajo.
Infinidad de variables aseguran o distorsionan un ambiente saludable para la vida en sociedad. Al abordar el neuro-urbanismo ponemos verdaderamente en jaque nuestra capacidad de generar un entorno saludable para la sociedad, pero el reto más complejo del neuro-urbanista no es el de diseñar un entorno urbano saludable, sino el de crear uno que sea alcanzable y, no menos importante, sostenible.
El contrato social derivado de la sociedad estamental y el absolutismo de la corona, propio de la edad media, no ejerce la misma influencia sobre la base del ser que ejerciera un sistema democrático en el que el individuo disfrute de la capacidad de expresarse libremente. La sola idea de perder la cabeza por pensar diferente coloca, sin duda alguna, al individuo en un estado de estrés producto de la alarma y la vigilancia permanente de lo que se dice y se piensa bajo amenaza de muerte.
De nada sirve un modelo inalcanzable o insostenible, ya que el nivel de estrés que produzca un contrato social inadecuado echará pronto por tierra toda promesa de salud en un espacio físico. El medio saludable tan solo lo será cuando además de generar una interacción positiva, para el individuo y para la sociedad sea alcanzable y fácil de preservar, para lo cual, las leyes de la accesibilidad y preservación deberán descansar sobre las más simples y discretas premisas, idealmente en el ámbito de la intuición y el sentido común, donde no se hace necesario ninguna capacitación de especial relevancia para asegurar la supervivencia y el buen funcionamiento del medio.
Cuando nos planteamos el progreso desde el más recóndito saber producto de la especialización e inundamos nuestro mundo de detalles del conocimiento, se hace cuesta arriba la idea de agrupar todo cuanto se hace necesario, de tal manera de alcanzar los objetivos plurales bajo la condición de un neuro-contrato social. El resultado nos lleva a la necesidad de un profundo y amplio conocimiento, a partir del cual el cultivo del ser que habremos de ser, se hace insoportable.
El neuro-contrato social postula la necesidad de construir una realidad cuya interacción con el ser humano genere una serie de relaciones susceptibles de ser resueltas por un individuo genérico independientemente de su capacitación.
Al final la arquitectura tampoco puede sostener la influencia de cuanto está más allá de sí misma, como ella misma postula acerca del ser, por lo que, en términos prácticos, el foco termina por depositarse siempre más allá hasta terminar en el neuro-contrato social, que es lo que se hace necesario para sostener cualquiera que sea la realidad que nos haga bien, porque no existe realidad adecuada cuyo dominio escape al dominio del ser, de otra manera la realidad nos domina a nosotros.
El neuro-regionalismo postula que la disposición de ciertas sociedades frente a otras genera un cierto estado neuronal en los miembros de una y otra sociedad, donde no es lo mismo la coexistencia de ciudades muy distintas entre sí, con tamaños muy desiguales o diferentes jerarquías o atribuciones regionales, a la existencia de ciudades o sociedades con un cierto grado de homogeneidad donde se eliminan muchos de los prejuicios que se arrojan unos ciudadanos frente a otros, y se equiparan ciertos poderes que se ejercen mutuamente.
Este neuro-regionalismo implica la existencia de una cierta dimensión propia de la especie en torno a la cual se da un estado de eficiencia social debido a que dicha dimensión no excede o exige por demás un potencial humano que es limitado pero que al mismo tiempo constituye nuestro gran valor, precisamente por ser capaz de generar orden de manera natural de forma tan potente como nuestra naturaleza es capaz de comprender la realidad de este universo.
Es por esto que, de todas las construcciones que sobre el medio podríamos erigir, y que brindaran un entorno más propicio para el ser humano, el primero y más importante consistiría en el desarrollo de una ciudad en cuyo marco se diera una sociedad según sea la «dimensión humana», porque es precisamente esta dimensión la que coloca al ser frente al neuro-contrato social por excelencia, donde la intuición y el sentido común gozan de plena salud.
Pero es sabido que una ciudad no se puede contener de manera que permanezca tal cual fue diseñada, por lo que este neuro-contrato social no es suficiente, lo que estará por ver es cuanto habrá que agregarle para lograr este estado social sin que su estructura termine por escaparse de las manos del ciudadano genérico.
Las ciudades desbordan la dimensión humana por la misma razón por la que en un origen se dieron a existir, y por lo que mucho antes ya se dibujaban sobre el terreno los campamentos nómades en torno a un fuego y aún antes se dispusieron los individuos sobre una presa capaz de alimentarlos a todos ellos. La forma lógica y natural de disponerse en torno a aquello que es objeto de deseo común nos lleva a hacer un corro y en la medida en que la cantidad de individuos es muy grande, se agrega la disposición de nuevos corros concéntricos al primero de mayor diámetro.
Esta forma de expandir la comunidad nos ha llevado a una dinámica en la que las ciudades simplemente se expanden y lo que es más importante, por medio de este esquema se genera escasez, tanto mayor cuanto más se aproxima uno al centro de la ciudad, lo que se revierte en una desigualdad que aumenta en tanto se expande la comunidad y en la misma medida en que las cualidades individuales, de comprensión del entorno que habita, van perdiendo efectividad, todo lo cual deposita el devenir de una comunidad en unas pocas manos que rigen según sean sus intereses personales.
Por medio de una premisa única, entiendo que es posible revertir todo esto y, en definidas cuentas, lograr la dimensión humana de forma paulatina bajo un contrato social minimalista.
El punto es el de “sostener la expansión lineal de un conjunto de servicios significativos de forma ininterrumpida en el tiempo”
Como punto final al presente texto diré que la disposición sobre el terreno de un conjunto significativo de servicios crea diferenciación positiva frente a otros que carezcan de estos servicios, por lo que estos servicios atraerían a los nuevos pobladores, pero la continuidad en la expansión de estos servicios arrastraría a los sucesivos pobladores más allá de la ciudad original provocando además que la ciudad crezca de manera lineal y dejando tras de si un ancho que quedaría definido, entre otras cosas, por la velocidad de expansión de dichos servicios, tanto más rápido se expandan, más estrecha sería la ciudad resultante. Esta ciudad lineal replica su distribución en tanto se expande de manera que no crea carencia de espacios, como le sucede a la ciudad concéntrica, y si bien la ciudad lineal constituye físicamente una continuidad, no lo serían así las interacciones dentro de ella debido al límite del desplazamiento longitudinal al que los ciudadanos estarían expuestos, generando virtualmente una sucesión de dimensionados humanos que atenderían a múltiples planos según sea la naturaleza del servicio en cuestión. No puedo dejar de señalar la metamorfosis a la que se vería expuesto la forma de cotizar el espacio urbanizable, que llevaría de manera inequívoca a la expropiación del terreno futuro. Para mas detalle recorra el blog y encontrará mas información del tema. saludos!